Segundo día.
Nacimiento del río Cuervo.![]() |
| El sendero |
Iniciamos la ascensión al nacimiento del río Cuervo por un sendero que discurre junto al riachuelo dentro de un frondoso bosque. Un camino delimitado con vallas formadas con troncos de madera nos va llevando de un remanso a otro, entre pequeñas cascadas y saltos de agua. El aire tibio de la mañana, así como la soledad del bosque a esa hora, hace que disfrutemos intensamente de todos y cada uno de los detalles que nos ofrece el entorno. De repente, aparecemos en un claro del bosque, una explanada amplia cubierta de hierba tras la cual continúa el bosque, pero que permite ver la imponente mole del roquedal que se levanta poco más allá.
Hacia allí nos lleva el sendero y a poca distancia, de nuevo entre un espeso follaje, nos hallamos ante un pequeño estanque de cuyo fondo mana suavemente un agua clara y tranquila. Así, sin estridencias, sin movimiento apenas, nace el río que poco más abajo se precipita en cascadas y discurre vigorosamente entre rocas.
Tras unos instantes de contemplación en los que nos dejamos llevar por esa sensación de que el tiempo se ha detenido, iniciamos el camino de regreso. Alguna ardilla nerviosa ante la aparición de extraños o los inevitables carteles pidiendo al visitante que se comporte correctamente nos van devolviendo el pulso de las cosas. Al final, regresamos al aparcamiento.
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| Cascadas |
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| Nacimiento del Río Cuervo |
La Ciudad Encantada de Cuenca.
Este es uno de esos lugares a los que no me había planteado ir cuando era joven; me producía un cierto rechazo. Tal vez porque formaba parte del conjunto de cosas que había que aprender de memoria en la asignatura de Geografía de España, o porque me daba la impresión de que era una visita “para viejos”, o vaya usted a saber por qué. Años después, mis padres estuvieron allí. Me causó cierta impresión el entusiasmo con el que mi padre describía el lugar; era un hombre con mucha sensibilidad hacia los paisajes, tanto urbanos como naturales, así que sembró en mí una cierta curiosidad. De todas maneras, tardé muchos años en decidirme a visitar ese paraje; creo que, antes, debía madurar un poco.
En pleno centro de la Serranía de Cuenca, inmersa en un bosque infinito, se halla, sin notarse apenas desde la carretera, la Ciudad Encantada. Técnicamente, se trata de los últimos vestigios de una zona kárstica en un muy avanzado estado de descomposición, pero al visitante le parece más bien que se encuentra ante el resultado del juego infantil de tallar corcho con una navaja, aunque a una escala descomunal. Un agradable paseo de no más de una hora permite la contemplación de unas cuantas figuras que, ciertamente, tienen un cierto parecido con lo que rezan los carteles: el perro, los barcos, los osos…
Me sorprende agradablemente ver parejas jóvenes con niños. Éstos, pienso, no han cometido el mismo error que yo y han traído a los críos en una edad en la que disfrutarán de la visita y les quedará grabada para siempre en su interior. Esta visita forma parte de mi personal búsqueda del tiempo perdido.
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| Ciudad Encantada |
Ademuz
En un paisaje completamente diferente, rodeado de montes áridos pero dentro de un fértil valle que baña un incipiente Turia, se halla Ademuz.
He vuelto a este pueblecito, enclave valenciano en tierras de Teruel, donde pasé unas vacaciones de verano cuando era un niño pequeño y muy, muy travieso. No había vuelto desde entonces y tenía verdadera curiosidad por ver qué quedaba de lo que guardaba en mi memoria.
Recordaba la casa del Tío Tomás y la Tía Emilia, los padres de mi Tío Rafa. Una esquina en forma de cuña entre dos calles muy empinadas, de manera que la entrada por una calle correspondía al segundo piso por la otra. Recuerdo los trillos apoyados contra la pared, mostrando filas de lascas de pedernal incrustadas en las tablas de madera. A los críos nos gustaba arrancar esas piedras para hacer saltar chispas. Imagino que a los mayores no les haría la misma gracia. Y, unos metros calle arriba, la era. Allí casi me aplasta un caballo en plena faena; ya he dicho que yo era muy travieso, inconsciente, más bien. Una tarde en que se estaba trillando, se me ocurrió cruzar la era corriendo. Resbalé y, esa imagen está viva en mí, al momento el caballo que arrastraba el trillo se detenía casi tocándome con sus patas delanteras.
Busqué la casa y me pareció encontrarla, aunque todo el entorno estaba completamente cambiado. De la era, ni rastro.
Otra imagen, impagable, que conservo de aquellos días es la de la plaza mayor. Recuerdo una fiesta, con una tarima y músicos. Recuerdo gente mayor bailando (en aquella época, cualquier persona era mayor para mí)…
La plaza resultó ser verdaderamente pequeña. ¿Cómo se podía hacer un baile allí?
Mi Tío Rafa murió en la primavera de éste año. Me hubiera gustado comentar con él mis impresiones como otras veces habíamos comentado mis recuerdos… Tarde, siempre tarde.
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| Plaza de la iglesia. Ademuz |
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