Verano de 2010. Cruzando España de Norte a Sur.


Primer día. De camino

He parado el coche en una curva de esta carretera por la que no circula nadie más. Quiero sentir este paisaje: Cielo azul y montañas cubiertas de bosque por todas partes. Silencio solo roto por las chicharras. El aire es fresco, lo cual me sorprende, dado que es media tarde. Huele a resina.

Me siento bien: sin prisa, sin un horario que cumplir, pudiendo parar donde me apetece, dejándome sorprender por el paisaje que se me va apareciendo a lo largo del camino. Un camino que, por otra parte, voy inventando a cada momento pues no acostumbro a planificarlo demasiado. El objetivo es conocer el nacimiento del río Cuervo, pero de camino se nos presenta el nacimiento de otro ilustre río: el Tajo, así que, a por el.

En una amplia curva de la carretera, en medio de un prado rodeado a su vez por un frondoso bosque, un monumento indica que nos encontramos en el lugar donde nace el Tajo: una balsa tranquila de cuyo fondo mana el agua. Alrededor, un prado y al fondo, a la sombra de los primeros árboles, unas mesas con bancos de madera. Apenas hay gente y da la sensación de que el tiempo se ha detenido. Al poco, llega una pareja en moto y, de golpe, todo vuelve a su ritmo normal. Reemprendemos el camino. Buscaremos alojamiento en Vega del Codorno, que está muy cerca del nacimiento del río Cuervo, y mañana lo visitaremos.






Vega del Codorno


Cae la tarde y los campos y las casas y los tejados de las casas adquieren ese color característico, algo metálico, que anuncia el final del día. Desde el camino que conduce a La Gruta, sentados en un banco, contemplamos el valle desde una cierta altura. Sólo se oyen los cuervos en su ajetreado ir y venir y, de vez en cuando, algún vehículo que circula por la única carretera que une los diferentes núcleos, bastante separados entre sí, que conforman el pueblo – aquí les llaman barrios -. Silencio.

Al otro lado del valle se adivina un rebaño de ovejas que es conducido de vuelta al redil. Está demasiado lejos para apreciar detalles, pero poco a poco se ve cómo se va desplazando. Y mientras, sin apenas darnos cuenta, los últimos rayos de sol, horizontales, van abandonando el fondo del valle y sólo aciertan a iluminar las rocas que forman la pared en la que se encuentra La Gruta. Un vientecillo algo fresco – que a Nieves no le hace gracia pero que a mí me encanta - se ha levantado. Me quedaría en este instante, con esta luz, con este silencio y con esta compañía.
Vega del Codorno. Serranía de Cuenca.

Segundo día.
Nacimiento del río Cuervo.

El sendero
Iniciamos la ascensión al nacimiento del río Cuervo por un sendero que discurre junto al riachuelo dentro de un frondoso bosque. Un camino delimitado con vallas formadas con troncos de madera nos va llevando de un remanso a otro, entre pequeñas cascadas y saltos de agua. El aire tibio de la mañana, así como la soledad del bosque a esa hora, hace que disfrutemos intensamente de todos y cada uno de los detalles que nos ofrece el entorno. De repente, aparecemos en un claro del bosque, una explanada amplia cubierta de hierba tras la cual continúa el bosque, pero que permite ver la imponente mole del roquedal que se levanta poco más allá.
Hacia allí nos lleva el sendero y a poca distancia, de nuevo entre un espeso follaje, nos hallamos ante un pequeño estanque de cuyo fondo mana suavemente un agua clara y tranquila. Así, sin estridencias, sin movimiento apenas, nace el río que poco más abajo se precipita en cascadas y discurre vigorosamente entre rocas.
Tras unos instantes de contemplación en los que nos dejamos llevar por esa sensación de que el tiempo se ha detenido, iniciamos el camino de regreso. Alguna ardilla nerviosa ante la aparición de extraños o los inevitables carteles pidiendo al visitante que se comporte correctamente nos van devolviendo el pulso de las cosas. Al final, regresamos al aparcamiento.
Cascadas


Nacimiento del Río Cuervo

La Ciudad Encantada de Cuenca.

Este es uno de esos lugares a los que no me había planteado ir cuando era joven; me producía un cierto rechazo. Tal vez porque formaba parte del conjunto de cosas que había que aprender de memoria en la asignatura de Geografía de España, o porque me daba la impresión de que era una visita “para viejos”, o vaya usted a saber por qué. Años después, mis padres estuvieron allí. Me causó cierta impresión el entusiasmo con el que mi padre describía el lugar; era un hombre con mucha sensibilidad hacia los paisajes, tanto urbanos como naturales, así que sembró en mí una cierta curiosidad. De todas maneras, tardé muchos años en decidirme a visitar ese paraje; creo que, antes, debía madurar un poco.
En pleno centro de la Serranía de Cuenca, inmersa en un bosque infinito, se halla, sin notarse apenas desde la carretera, la Ciudad Encantada. Técnicamente, se trata de los últimos vestigios de una zona kárstica en un muy avanzado estado de descomposición, pero al visitante le parece más bien que se encuentra ante el resultado del juego infantil de tallar corcho con una navaja, aunque a una escala descomunal. Un agradable paseo de no más de una hora permite la contemplación de unas cuantas figuras que, ciertamente, tienen un cierto parecido con lo que rezan los carteles: el perro, los barcos, los osos…
Me sorprende agradablemente ver parejas jóvenes con niños. Éstos, pienso, no han cometido el mismo error que yo y han traído a los críos en una edad en la que disfrutarán de la visita y  les quedará grabada para siempre en su interior. Esta visita forma parte de mi personal búsqueda del tiempo perdido.
Ciudad Encantada





Ademuz

En un paisaje completamente diferente, rodeado de montes áridos pero dentro de un fértil valle que baña un incipiente Turia, se halla Ademuz.
He vuelto a este pueblecito, enclave valenciano en tierras de Teruel, donde pasé unas vacaciones de verano cuando era un niño pequeño y muy, muy travieso. No había vuelto desde entonces y tenía verdadera curiosidad por ver qué quedaba de lo que guardaba en mi memoria.
Recordaba la casa del Tío Tomás y la Tía Emilia, los padres de mi Tío Rafa. Una esquina en forma de cuña entre dos calles muy empinadas, de manera que la entrada por una calle correspondía al segundo piso por la otra. Recuerdo los trillos apoyados contra la pared, mostrando filas de lascas de pedernal incrustadas en las tablas de madera. A los críos nos gustaba arrancar esas piedras para hacer saltar chispas. Imagino que a los mayores no les haría la misma gracia. Y, unos metros calle arriba, la era. Allí casi me aplasta un caballo en plena faena; ya he dicho que yo era muy travieso, inconsciente, más bien. Una tarde en que se estaba trillando, se me ocurrió cruzar la era corriendo. Resbalé y, esa imagen está viva en mí, al momento el caballo que arrastraba el trillo se detenía casi tocándome con sus patas delanteras.
Busqué la casa y me pareció encontrarla, aunque todo el entorno estaba completamente cambiado. De la era, ni rastro.
Otra imagen, impagable, que conservo de aquellos días es la de la plaza mayor. Recuerdo una fiesta, con una tarima y músicos. Recuerdo gente mayor bailando (en aquella época, cualquier persona era mayor para mí)… 
La plaza resultó ser verdaderamente pequeña. ¿Cómo se podía hacer un baile allí?
Mi Tío Rafa murió en la primavera de éste año. Me hubiera gustado comentar con él mis impresiones como otras veces habíamos comentado mis recuerdos… Tarde, siempre tarde.
Plaza de la iglesia. Ademuz

Tercer día.



Lagunas de Ruidera.

Abandonamos Vega del Codorno a primera hora de la mañana bajo un cielo azul intenso por la carretera que nos lleva hacia el sur serpenteando por los bosques de la Serranía de Cuenca. Poco a poco vamos dejando atrás el abrupto paisaje que ha ido conformando el agua en la roca y, siguiendo el curso de algún río o saltando de un valle a otro, vamos entrando en La Mancha.
Ante nosotros se extiende una tierra cultivada casi infinita aunque no tan llana como pueda sugerir el tópico. Por aquí, Don Quijote recorría cerros y valles desfaciendo entuertos. Y, por esos mismos caminos, nos vamos acercando a nuestro próximo destino: las lagunas de Ruidera.
Vuelvo a recordar mi etapa escolar y me viene a la memoria la cantinela “el río Guadiana, que nace en las lagunas de Ruidera para desaparecer, más tarde, y volver a aparecer, en los ojos del Guadiana…” Ahora resulta que no, que no se considera este paraje como el nacimiento de este río. ¡Qué le vamos a hacer! Con la ilusión que me hacía ver el nacimiento de un río del que conozco bien su desembocadura. Desde Vila Real de Santo Antonio, en la margen portuguesa del Guadiana, se disfruta de una vista preciosa de la desembocadura, con Ayamonte en la ribera española como telón de fondo.
Dejamos el pueblo de Ruidera para acceder a las lagunas. Una carretera va rodeando las lagunas y nos lleva de una a otra en el sentido ascendente de la corriente. La primera laguna por la que pasamos, bastante grande, tiene en la ribera un club de remo y no hay bañistas. Poco más arriba, sin embargo, un par de lagunas son algo así como las playas del lugar: gente bañándose, unos tomando el sol sobre la arena, otros comiendo en un chiringuito… Hasta el típico vendedor ambulante que ofrece los artículos más inverosímiles (abanicos, gafas de buceo, collares, prismáticos (¿?)…) La zona de baño se encuentra repartida en dos lagunas entre las que hay un desnivel de unos cinco metros que el agua salva en forma de cascadas. Hace un calor de mil demonios y apetece darse un baño.
















Después de comer, seguimos el curso ascendente del agua y vamos descubriendo hermosos rincones cada vez más solitarios. Lagunas de aguas abundantes y cristalinas enlazadas unas con otras a través de cascadas. Al final, la carretera, ya convertida en camino, acaba repentinamente, con lo que tenemos que deshacer el camino. Volvemos a Ruidera y nos disponemos a cruzar el Campo de Montiel camino de la Sierra de Alcaraz. Dejamos atrás los ondulados campos manchegos. Me imagino al Caballero y a su escudero en sus monturas, al paso por estos lugares…

Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo:
 -¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel".

Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo:
 -Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras!
 Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
 -¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece.


En un espacio relativamente corto nos hemos adentrado en la impresionante sierra de Segura. Otra vez subiendo y bajando. A nuestro paso aparece el anuncio de que, muy cerca, se halla el nacimiento del río Mundo. ¿Quién puede resistirse a ver nacer el Mundo? Allá que vamos.

De repente parece que esté cayendo la tarde, tal es la frondosidad del bosque en el que nos hallamos y la angostura del valle por el que caminamos. Nos acercamos una inmensa muralla de piedra que forma la cabecera del valle. Un muro imponente por el que trepa el camino y que nos va llevando a diferentes miradores, cada vez más arriba, desde los que podemos ver la enorme cascada que aflora de la roca. He aquí el nacimiento de este río.



El recorrido a través de la Sierra de Segura es espectacular: una carretera por la que circulamos en solitario plagada de curvas, subidas y bajadas y en la que, a cada paso, se nos aparece un paisaje majestuoso. Dejamos a la derecha las estribaciones del parque de Cazorla, con el pantano del Tranco de Beas allá abajo, y seguimos el camino en dirección a Vélez Rubio, el pueblo de mi padre. De nuevo a la busca de un tiempo que no ha de volver.



Se va haciendo tarde y decidimos parar a dormir en Santiago de la Espada, un pequeño pueblecito a caballo entre Jaén, Granada y Albacete. Buen hotel, buenas tapas y hasta mañana.



Cuarto día.



Partimos hacia el sur y ante nosotros el paisaje ha vuelto a cambiar. Menos bosques y muchos cultivos que atravesamos recorriendo una carretera con grandes rectas. Al final, sin embargo, volvemos a encontrarnos con la montaña. Esta vez se trata de la Sierra de María y los Vélez. Nuestra primera parada será el castillo de Vélez Blanco, hermosa construcción del siglo XVI en continua restauración que, a principios del siglo pasado, vio cómo su patio de armas era desmontado piedra a piedra y trasladado al Museo Metropolitano de Nueva York. Desde el risco sobre el que se alza el castillo se disfruta de una vista extraordinaria en la que llama la atención la uniformidad de los tejados del pueblo. Al norte, el picacho de La Muela y al este la murciana Sierra de Espuña. Y, en medio, el ancho y feraz valle.



Velez Rubio. Tan sólo he estado una vez de vacaciones en el pueblo de mi padre, pero el recuerdo que guardo de sus calles está muy vivo en mi memoria. Paramos para recorrer los lugares que recuerdo. En la Carrera de San Francisco estaba la casa de mi familia. Era una mansión enorme cuya fachada imponía, tanto por sus dimensiones como por su calidad. Un gran portalón de dos hojas y ventanas con rejas cuyos alféizares sobresalían ligeramente de la pared dando volumen al conjunto.

La casa ya no existe. Cuando murió mi abuela se vendió y ahora se alzan dos edificios sin gracia ninguna en lo que fue aquel solar.

Frente a la casa hay una iglesia en la que se exponen fotografías antiguas del pueblo y sus habitantes. El material para la exposición se ha reunido a base de aportaciones de particulares, fotos de la familia, aunque algunas de ellas muy antiguas. Paso un rato muy agradable intentando encontrar algún miembro de mi familia; es difícil ya que las familias que han proporcionado el material son relativamente pocas, aunque en alguna foto de grupo escolar sí aparece algún Miras.

Abandono Vélez Rubio con la sensación de dejar atrás un lugar en el que hubiera podido sentirme arraigado pero por el que a penas pasé de largo.



Vamos camino a Almería para ver a Héctor. Se nos hace la hora de comer cerca de Tíjola, el pueblo de Paco Sola, pero no encontramos ningún restaurante, así que seguimos hasta Bacares, donde sí podemos reponer fuerzas.



Estamos cerca de Calar Alto, el pico más alto de la Sierra de los Filabres y donde se asienta el observatorio astronómico más grande de la Europa continental. Por supuesto, es parada obligada. Ya desde lejos se divisan las blancas cúpulas de los observatorios que albergan los diferentes telescopios, aunque, cuando llegamos, nos damos cuenta de que hay alguna más que quedaba oculta por el relieve. En un entorno típico de alta montaña, entre rocas y claros cubiertos de hierba, encontramos los observatorios distribuidos a lo largo de la cresta de la montaña. Silencio y calor.

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