Lagunas de Ruidera.
Abandonamos Vega del Codorno a primera hora de la mañana bajo un cielo azul intenso por la carretera que nos lleva hacia el sur serpenteando por los bosques de la Serranía de Cuenca. Poco a poco vamos dejando atrás el abrupto paisaje que ha ido conformando el agua en la roca y, siguiendo el curso de algún río o saltando de un valle a otro, vamos entrando en La Mancha.
Ante nosotros se extiende una tierra cultivada casi infinita aunque no tan llana como pueda sugerir el tópico. Por aquí, Don Quijote recorría cerros y valles desfaciendo entuertos. Y, por esos mismos caminos, nos vamos acercando a nuestro próximo destino: las lagunas de Ruidera.
Vuelvo a recordar mi etapa escolar y me viene a la memoria la cantinela “el río Guadiana, que nace en las lagunas de Ruidera para desaparecer, más tarde, y volver a aparecer, en los ojos del Guadiana…” Ahora resulta que no, que no se considera este paraje como el nacimiento de este río. ¡Qué le vamos a hacer! Con la ilusión que me hacía ver el nacimiento de un río del que conozco bien su desembocadura. Desde Vila Real de Santo Antonio, en la margen portuguesa del Guadiana, se disfruta de una vista preciosa de la desembocadura, con Ayamonte en la ribera española como telón de fondo.
Dejamos el pueblo de Ruidera para acceder a las lagunas. Una carretera va rodeando las lagunas y nos lleva de una a otra en el sentido ascendente de la corriente. La primera laguna por la que pasamos, bastante grande, tiene en la ribera un club de remo y no hay bañistas. Poco más arriba, sin embargo, un par de lagunas son algo así como las playas del lugar: gente bañándose, unos tomando el sol sobre la arena, otros comiendo en un chiringuito… Hasta el típico vendedor ambulante que ofrece los artículos más inverosímiles (abanicos, gafas de buceo, collares, prismáticos (¿?)…) La zona de baño se encuentra repartida en dos lagunas entre las que hay un desnivel de unos cinco metros que el agua salva en forma de cascadas. Hace un calor de mil demonios y apetece darse un baño.
Después de comer, seguimos el curso ascendente del agua y vamos descubriendo hermosos rincones cada vez más solitarios. Lagunas de aguas abundantes y cristalinas enlazadas unas con otras a través de cascadas. Al final, la carretera, ya convertida en camino, acaba repentinamente, con lo que tenemos que deshacer el camino. Volvemos a Ruidera y nos disponemos a cruzar el Campo de Montiel camino de la Sierra de Alcaraz. Dejamos atrás los ondulados campos manchegos. Me imagino al Caballero y a su escudero en sus monturas, al paso por estos lugares…
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo:
-¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel".
-¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel".
Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo:
-Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras!
Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
-¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece.
-Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras!
Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
-¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece.
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
