Primer día.
De camino
He parado el coche en una curva de esta carretera por la que no circula nadie más. Quiero sentir este paisaje: Cielo azul y montañas cubiertas de bosque por todas partes. Silencio solo roto por las chicharras. El aire es fresco, lo cual me sorprende, dado que es media tarde. Huele a resina.
Me siento bien: sin prisa, sin un horario que cumplir, pudiendo parar donde me apetece, dejándome sorprender por el paisaje que se me va apareciendo a lo largo del camino. Un camino que, por otra parte, voy inventando a cada momento pues no acostumbro a planificarlo demasiado. El objetivo es conocer el nacimiento del río Cuervo, pero de camino se nos presenta el nacimiento de otro ilustre río: el Tajo, así que, a por el.
En una amplia curva de la carretera, en medio de un prado rodeado a su vez por un frondoso bosque, un monumento indica que nos encontramos en el lugar donde nace el Tajo: una balsa tranquila de cuyo fondo mana el agua. Alrededor, un prado y al fondo, a la sombra de los primeros árboles, unas mesas con bancos de madera. Apenas hay gente y da la sensación de que el tiempo se ha detenido. Al poco, llega una pareja en moto y, de golpe, todo vuelve a su ritmo normal. Reemprendemos el camino. Buscaremos alojamiento en Vega del Codorno, que está muy cerca del nacimiento del río Cuervo, y mañana lo visitaremos.
Vega del Codorno
Cae la tarde y los campos y las casas y los tejados de las casas adquieren ese color característico, algo metálico, que anuncia el final del día. Desde el camino que conduce a La Gruta, sentados en un banco, contemplamos el valle desde una cierta altura. Sólo se oyen los cuervos en su ajetreado ir y venir y, de vez en cuando, algún vehículo que circula por la única carretera que une los diferentes núcleos, bastante separados entre sí, que conforman el pueblo – aquí les llaman barrios -. Silencio.
Al otro lado del valle se adivina un rebaño de ovejas que es conducido de vuelta al redil. Está demasiado lejos para apreciar detalles, pero poco a poco se ve cómo se va desplazando. Y mientras, sin apenas darnos cuenta, los últimos rayos de sol, horizontales, van abandonando el fondo del valle y sólo aciertan a iluminar las rocas que forman la pared en la que se encuentra La Gruta. Un vientecillo algo fresco – que a Nieves no le hace gracia pero que a mí me encanta - se ha levantado. Me quedaría en este instante, con esta luz, con este silencio y con esta compañía.
Vega del Codorno. Serranía de Cuenca.
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